"¿Por qué, maestro?"
preguntó el joven Mediómaco.
Mediócrates esbozó una
sonrisa.
"¿Hay un por qué?"
siguió el bisoño alumno. "¿Tiene algún sentido hacerse estas preguntas?
¿Cómo es posible que los filósofos callen ante esta duda tan básica, igual de
frustrados que el más novel de sus aprendices?"
"Para el hombre es más
fácil pensar los hechos de la vida de forma estática", respondió el
maestro. "El ‘por qué’ de la causa. El ‘para qué’ de la finalidad. Pero
este orden del mundo no es real, pues usamos los extremos de un pensamiento
continuo”.
"Las verdaderas
respuestas no yacen sino en el difuso limbo entre polos simples, pero falsos.
La clave es la mediocridad. No es el reposo ni la acción, sino lo que puede ser
y lo que aún no es".
"En consecuencia, ‘por
qué’ y ‘para qué’ no son preguntas válidas, pues inquieren sobre lo absoluto.
Lo verdadero, lo bueno y lo bello está en la mediocridad".
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