En
su obra "Periplos", Mediáclito de Naxos relata que zarpó desde Rodas
con intención de llegar a Mira, en la región de Licia. En esa ciudad había historias sobre Nicolás Taumaturgo, quien era famoso por la prodigalidad de sus regalos, y fue a visitarle.
"Te saludo, buen hombre. ¿Qué es lo que haces?" inquirió el filósofo.
"Estoy
reuniendo dracmas para darle una dote a Amaltea, de modo que pueda
casarse y evitar que se prostituya", respondió el licio.
"¿Y para qué son estos hoplitas tallados en madera?" siguió Mediáclito.
"Son juguetes para el pequeño Milo".
"¿Y cómo eliges a quiénes obsequiar con tus dracmas y maravillas?"
"Difundo que daré mis regalos en el solsticio de invierno a quienes sean buenos, y así la ciudad se comporta bien".
"¿Y quién determina qué es lo bueno?"
Nicolás caviló un momento. "Es sabido lo que es bueno y lo que es malo. Puedo darme cuenta".
"¿Y
piensas que el juez de lo bueno y lo malo puede ser un hombre que
discrimina entre Amaltea y Eudoxia? Eudoxia también se comporta
correctamente, pero no tiene dote y deberá prostituirse. Milo tiene un
nuevo juguete, mientras Terón envidia su suerte, pues él también fue
bueno".
Nicolás no sabía qué decir.
"El
maestro Mediócrates diría que tu deseo de hacer el bien altera el
delicado equilibrio de las cosas," prosiguió Mediáclito, "y sólo
consigue crear envidia, desazón y la sensación de injusticia. Deja que
la mediocridad guíe tus actos, y la vida fluirá sin roces a tu
alrededor".
De esta manera, la tradición de hacer regalos en el solsticio de invierno se retrasó ocho siglos.
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lunes, 14 de marzo de 2016
jueves, 6 de febrero de 2014
La justicia
"¿Qué es la justicia,
maestro?" preguntó el joven Mediófilo. Mediócrates miró hacia el cielo,
nadie sabe si buscando inspiración o evitando excretas de paloma.
"¿Cómo surge esta
aspiración humana que no se encuentra en la naturaleza? ¿Por qué la
tenemos?" siguió el aprendiz.
"En efecto,"
contestó el filósofo, "no hay justicia en la muerte de la cabra por el
lobo. No hay reparación ni retribución, sino sólo el estricto cumplimiento de
la ley natural que gobierna las cosas”.
"Es el libre albedrío con
que los dioses nos dotaron el que hace posible apartarse de la ley natural, y
consumirse en la satisfacción del ego. Pero la polis no resiste múltiples egos,
de modo que el hombre crea la ética, la ley, la religión, la equidad y la razón
para explicar por qué su voluntad no se cumple. Es una quimera que creamos en
nuestras mentes para satisfacer mediocremente nuestro ego, creyendo que tenemos
lo que merecemos, o que hemos conseguido la venganza apropiada".
"Es por esto, por ser una
entelequia humana, que la justicia parece existir, pero no es. Nos torturamos
pensando que debiera ser, mientras la verdad es que nada hay más humano que el
recién nacido: sólo ego, todo para satisfacción nuestra, sin miramiento alguno.
Y es contra ese impulso que creamos esta jaula".
"Si nos alzamos,
pelearemos contra todos y seremos superados, como el hierro vence a la carne.
Si alzamos el puño a los dioses, nos acusarán de hibris y enviarán a Némesis a
castigarnos, pues también hay una ley divina, y en ella somos esclavos".
"La justicia no existe, y
el filósofo sabio no debe esperarla. No queda sino vivir mediocremente,
eludiendo tanto el yugo como la expiación".
Schadenfreude
Cuenta la leyenda que un viejo
pescador se acercó una vez a Mediócrates, y tuvieron el siguiente diálogo:
"Maestro," dijo el
pescador, "yo me considero una buena persona en general, pero he de
confesar que mis alegrías más absolutas provienen del mal. De hacer el mal, y
ver sus efectos."
"El regocijo por las
penurias del otro es el regocijo más sincero, pues proviene del corazón",
acotó Mediócrates.
"Pero no estoy haciendo
justicia. No es un castigo. Es simplemente regocijarme con el martirio de
otros."
"La justicia es una
quimera, buen hombre. La compensación y la venganza son mecanismos para
recuperar el lábil equilibrio de las emociones, no para hacer lo bueno ni lo
justo".
El sabio se sentó y continuó
hablando.
"Si realmente buscas lo
justo, creerás hacer el bien. Si lo injusto, pensarás que es el mal. Pero el
regocijo, el Schadenfreude, por sí mismo es esencialmente amoral. No
dejes que una fantasía de justicia te muestre el bien y el mal, porque el gozo
está más allá de ambos”.
La prostituta de Corinto
En su juventud, Mediócrates
emprendió un viaje hacia el Peloponeso, y en el camino se le acercó Lais de
Corinto, hetaira del templo de Afrodita de esa polis, quien era famosa en todo
el Hélade por su belleza y perspicacia.
"Ven, filósofo", le
dijo. "Soy la mujer que todos los hombres sueñan. ¿Por qué habrías de
conformarte con menos que yo?"
"Los placeres sensuales
nublan la mente con facilidad", respondió el sabio. "El verdadero
filósofo, el hombre mediocre, no se deja enceguecer por la promesa del placer
fugaz ni por la represión del placer sensual, pues ambos equivalen a ser
esclavo de la carne".
"Hombre, si tu problema es
que yo sea lo mejor que vayas a encontrar en tu vida, puedo ser una hetaira
mediocre. Pero te voy a llevar cerca del límite de mis artes amatorias".
Y bueno, Mediócrates no era de
hierro. Era joven y no supo argumentar en contra. Y así tuvo un encuentro
sexual mediocre en el templo de Afrodita en Corinto.
Los sofistas
Con ocasión de la coronación de Anaxenodes como rey de la polis de Porros, varios sofistas asistieron a las celebraciones. Era conocida la mala relación entre éstos y Mediócrates, de modo que los sofistas quisieron mofarse del filósofo pidiendo su opinión respecto de este problema: “en unos juegos, un atleta muere
accidentalmente por un lanzamiento de jabalina. ¿Quién es culpable de la
muerte? ¿La jabalina, el que la arrojó, o las autoridades que organizaron los
juegos?”
El maestro respondió que “la
culpa de esa desgracia la tiene el deseo de vencer y destacar. Si todos fueran
mediocres, no tendríamos idiotas viendo quién tira un palo afilado más lejos”.
La inmortalidad del cangrejo
En su obra Periplos, Mediáclito describe el sistema de enseñanza de la Escuela de Porros:
Cuando llevaba tres meses
filosofando en Porros, el maestro dispuso que cada uno de nosotros escribiera
un ensayo sobre la inmortalidad de cangrejo. Yo escribí un magno tratado,
titulado “Del cangrejo y otros crustáceos imperecederos”. Orgulloso, lo
entregué al maestro.
Unos días después toda la
escuela se reunió y el sabio filósofo se dirigió a sus estudiantes: “he leído
vuestros ensayos y he quedado sorprendido por lo mediocres que son. Desde la
ortografía, pasando por la redacción y hasta el contenido son singularmente
pobres. Toda la clase ha obtenido apenas el mínimo para aprobar”.
"Excepto…" siguió el
maestro, "… Euscolo Mediáclito, el de Naxos, quien destacó en todo
sentido. En un estilo elegante, rivalizando con Homero y eclipsando a aedos y
rapsodas, presenta un argumento sólido, lógicamente impecable, y que sorprende
por la amplitud que abarca y la altura de miras. Él ha reprobado".
Las facciones de mi rostro se
deformaron sobre mi piel palidecida, mientras mis condiscípulos se reían de mí
por ser el único que había reprobado. “¿A quién tratas de impresionar,
Mediáclito?” prosiguió el filósofo. “¿A mí? ¿A tus pares? ¿A los dioses? ¿A ti
mismo?”
"Tu ansia por destacar es
una afrenta a la ley natural, pues afecta el delicado equilibrio de las cosas.
El dolor y el hibris nacen del ansia, que manchará tu espíritu hasta que
termine tu vida vacía. Vanamente llenada con bondad, belleza y verdad, pero
vacía al fin y al cabo."
"Recuerda siempre: el mínimo
es nota. El resto es lujo. Y en esta escuela somos muy austeros".
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