En una ocasión, un sofista milesio inquirió la opinión de
Mediócrates el inane sobre la famosa paradoja de Teseo.
“El viejo barco en que Teseo volvió a Atenas desde Creta era
antiquísimo, pues los artesanos cambiaban las tablas estropeadas por otras
nuevas y más resistentes. Pero entonces, ¿seguía siendo el mismo barco?”, dijo
el sofista.
Mediócrates chasqueó la lengua mientras hurgaba su ombligo.
“Si reemplazamos las tablas de una en una”, prosiguió el
sofista, “¿en qué momento deja de ser el viejo barco? ¿Qué ocurre si
reemplazamos todas las tablas de esta manera? ¿Sigue siendo el mismo barco?”
Mediócrates recogió algunas piedras del suelo, dispuesto a
jugar a la payaya.
“Y si almacenamos las tablas viejas, y luego las usamos para
construir el mismo barco, ¿es este el barco viejo u otro nuevo? ¿Cuál de los
dos sería el barco de Teseo?”, insistió el sofista.
“No lo sé, pero el de las tablas viejas sería una mierda de
barco”, respondió el sabio, mientras las piedras caían entre sus dedos.
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