Durante la juventud de Mediócrates,
destacaba en la Asamblea de Porros un individuo llamado Diadáctilo, quien
criticaba duramente la corrupción que asolaba la Asamblea, el Consejo, el
comercio, y, bueno, todas las esferas de la vida en la polis. Este discurso era
escuchado con simpatía por quienes sufrían los abusos de los poderosos, y
Diadáctilo lo había enarbolado como su bandera de lucha. Famosamente había
señalado que “cuando un pobre roba, es encadenado; cuando un rico roba, es
elegido Consejero”.
Así fue como, luego de varias décadas
en política, Diadáctilo fue finalmente elegido para presidir el Consejo. Los
ciudadanos de Porros se alegraron, esperanzados por la promesa de poner coto a
la corrupción rampante.
Diadáctilo se aseguró la lealtad de
los votantes más pobres al ayudarlos usando el tesoro de la polis. Sus
correligionarios reemplazaron a la vieja aristocracia en el poder. Los cambios
que impulsó no fueron drásticos, lo que le permitió gobernar con relativa
calma, y el aumento de la demanda de cáñamo y vino hizo que la economía de
Porros floreciera durante su mandato. Varios lustros después, siendo ya
anciano, y estando sus partidarios en control de la Asamblea, Diadáctilo entregó
la jefatura del Consejo a su protegido político y se retiró de la vida pública.
Sin embargo, años más tarde las
sospechas que muchos tenían sobre el enriquecimiento de Diadáctilo y sus
partidarios comenzaron a confirmarse. Todos los bienes y servicios pagados por
la polis habían sido adquiridos a elevados precios a miembros de su partido, lo
que los había vuelto ricos y había financiado campañas políticas y coimas para
asegurarse el control del gobierno. Era un escándalo, y algunos pedían la
cabeza de Diadáctilo y sus allegados.
En esas circunstancias fue que
Diadáctilo habló con Mediócrates. “Maestro,” le dijo, “la gente no entiende que
hice lo necesario para favorecerlos. Todo lo he hecho por ellos”.
“Recapitulemos”, respondió el
filósofo. “Construiste tu carrera política dando voz al malestar frente a los
abusos de poder, luego obtuviste el poder gracias a eso, y después abusaste de
ese poder. ¿Qué otra cosa debería entender la gente?”
“Gracias a mí están mejor. Hice lo
necesario para mantenerme en una posición desde la cual hacer el bien”.
“Gracias a ti sintieron el fugaz
placer de la venganza contra un mundo que no les ha sido benévolo, cuando
llegaste al poder”, contestó Mediócrates, “pues te consideraban uno de ellos.
Pero tus designios estaban condenados desde un principio al fracaso, pues
justificaste tu actuar en la búsqueda del Bien”.
“¿Y qué hay de malo en ello?”
inquirió Diadáctilo.
“Puedes elegir ser bueno o hacer el
bien, pero no ambas. Si eliges hacer un mundo bueno, todo medio empleado para
ese fin será justificable, y terminarás haciendo el mal para mantener la
apariencia del bien. Si eliges ser bueno, se te reprochará no tener las agallas
para hacer lo necesario para lograr el bien, lo que en un sentido también es
malo. No puedes buscar el bien y obrar mal, ni obrar bien sin lograr el bien. Ambas
alternativas terminan mostrando al mundo lo que eres: un ser mediocre”.
“Pero elegí el bien de la mayoría por
sobre ser personalmente bueno. Eso debe compensar mis errores”.
“Tus fechorías, querrás decir”
respondió el sabio. “No seas caradura. No las compensa; la gente está
esperándote fuera de mi casa porque se siente traicionada”.
“¡Es todo un complot en mi contra!”
alegó Diadáctilo. “¡Quieren quitarnos el gobierno e imponer la tiranía!”
“Puede que sí. Puede que no. En todo
caso, no eres distinto de ellos: sólo están canalizando el descontento de la polis
para lograr el poder, igual que tú. Lo que viene es responsabilidad tuya”.
“No me arrepiento de nada”, finalizó
el demagogo.
“Eso es porque eres un sinvergüenza”,
replicó Mediócrates. “Vete y encara tu destino”.