Una tarde, el sabio
Mediócrates estaba junto a sus discípulos, muy concentrado hurgando su ombligo,
cuando Agatoclio, un ciudadano de Porros, se acercó a él con dos de los raros
duraznos o melocotones en las manos.
"Maestro, no entiendo tu
doctrina" dijo. "Dices que siempre hay un camino mediocre entre el
bien y el mal, lo verdadero y lo falso, lo bello y lo feo. Pero no veo cómo
aplicarlo a la vida diaria".
Mostró sus manos al maestro y
sus discípulos. Una fruta se veía sana, limpia y muy apetitosa, mientras la
otra se veía mala, putrefacta y olía mal. “¿Qué hago si tengo estas frutas,
filósofo? ¿Cómo supero la dicotomía en el día a día?”
Mediócrates se puso de pie y
se acercó a Agatoclio. Tomó ambos melocotones y los examinó. Lanzó lejos el que
estaba malo. Acto seguido, arrojó contra el suelo el bueno, lo pisó un poco y
lo devolvió, magullado y sucio, a su dueño.
"Siempre existe una
manera de ser mediocre y de obrar mediocremente. Considera, sin embargo, que es
más fácil arruinar lo bueno que mejorar lo malo".
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