jueves, 6 de febrero de 2014

Los melocotones de Agatoclio



Una tarde, el sabio Mediócrates estaba junto a sus discípulos, muy concentrado hurgando su ombligo, cuando Agatoclio, un ciudadano de Porros, se acercó a él con dos de los raros duraznos o melocotones en las manos.

"Maestro, no entiendo tu doctrina" dijo. "Dices que siempre hay un camino mediocre entre el bien y el mal, lo verdadero y lo falso, lo bello y lo feo. Pero no veo cómo aplicarlo a la vida diaria".

Mostró sus manos al maestro y sus discípulos. Una fruta se veía sana, limpia y muy apetitosa, mientras la otra se veía mala, putrefacta y olía mal. “¿Qué hago si tengo estas frutas, filósofo? ¿Cómo supero la dicotomía en el día a día?”

Mediócrates se puso de pie y se acercó a Agatoclio. Tomó ambos melocotones y los examinó. Lanzó lejos el que estaba malo. Acto seguido, arrojó contra el suelo el bueno, lo pisó un poco y lo devolvió, magullado y sucio, a su dueño.

"Siempre existe una manera de ser mediocre y de obrar mediocremente. Considera, sin embargo, que es más fácil arruinar lo bueno que mejorar lo malo".

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