Un día, mientras sacaba agua del pozo de
Apateonas, conocí a Terpéfone Calósoma, la mujer más bella y dulce que habrá
jamás. La amé al verla, y desde entonces fui siempre a buscar agua a mediodía, con
la esperanza de encontrarla.
Mediócrates el ahíto no tardó en descubrirme
gracias a su célebre perspicacia. Me acerqué a él y solicité su sabiduría
respecto del amor.
“¿Amor? ¿De qué amor me hablas?”, preguntó el
maestro.
“De aquél que nace en los sentidos pero se
asienta en el corazón; de aquél que trastoca el mundo del amante y lo hace
girar en torno a lo amado; de aquél que desea y sólo se satisface con la
bienaventuranza y posesión de lo deseado”, respondí, de la manera más lírica
que pude.
“Y aquél con el que, de paso, quieres
fornicar, ¿no?” fue su seca respuesta.
No me esperaba una réplica tan desalmada,
pero no tardé en darme cuenta de su verdad. “Sí, sabio”, respondí con
franqueza.
“Una de las ideas más equivocadas es la
creencia en el amor, pues confunde los conceptos de ágape, filia, eros y
sicalipsis”, indicó. “Es mi certidumbre que el hombre, mediocre creatura
cuya vida es apenas una momentánea intersección
entre espíritu y materia, no es capaz de experimentar estos cuatro
sentimientos juntos. Eso es para seres mejores, por lo que ambicionarlo es
absurdo, y nos muestra, una vez más, que el deseo humano de alejarse de la
mediocridad sólo trae dolor y decepción”.
Yo no sabía qué decir, pero el filósofo
continuó. “Todo es un problema de expectativas. Si esperas tener en tu vida el
amor que cantan los rapsodas, la frustración te rondará por siempre. Deja el ágape al sabio, la filia al amigo, el eros
al amante y la sicalipsis al
concupiscente, pues nada satisfará tu errado concepto del amor, a menos que
renuncies a él. No malogres el amor que tienes en pos del amor que tu desbocada
ambición quiere tener”.
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