Cuando el heraldo de Darío, rey de los
persas, se presentó en la corte del rey Anaxenodes de Porros con las demandas
de su monarca, el pánico hizo presa de la polis.
“Dile a Darío que enviaré un emisario con mi
respuesta”, dijo Anaxenodes.
Al día siguiente, un grupo de ciudadanos
notables acompañó a Tromofrasto, el emisario, a presentarse ante los persas. El
grupo incluía al gran maestro de la escuela mediocrática.
“El rey de Po-porros quiere e-evitar
cualq-quier acto de vio-olencia contra la po-polis”, declaró el emisario, con
voz temblorosa y cara pusilánime.
Los persas estallaron a carcajadas ante la
pobre oratoria de Tromofrasto. “Dile a tu rey que me ha quedado claro que puedo
capturar su miserable ciudad en cualquier momento, pues sus defensores tiemblan
ante el lejano murmullo de mis huestes”, respondió Darío.
Mientras la comitiva volvía a Porros, el
maestro dijo a Tromofrasto: “tu discurso pudo ciertamente ser mejor, pero no sé
si pudo ser peor, pues has mostrado miedo y desazón en nuestro bando, y sólo
has logrado atraer el ataque de los persas, en contra de los deseos de tu rey y
tus conciudadanos. El heraldo mediocre sabe cuándo hablar y cuándo darle a otro
la palabra. Has sido peor que mediocre”.
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