En su obra Periplos, Mediáclito describe el sistema de enseñanza de la Escuela de Porros:
Cuando llevaba tres meses
filosofando en Porros, el maestro dispuso que cada uno de nosotros escribiera
un ensayo sobre la inmortalidad de cangrejo. Yo escribí un magno tratado,
titulado “Del cangrejo y otros crustáceos imperecederos”. Orgulloso, lo
entregué al maestro.
Unos días después toda la
escuela se reunió y el sabio filósofo se dirigió a sus estudiantes: “he leído
vuestros ensayos y he quedado sorprendido por lo mediocres que son. Desde la
ortografía, pasando por la redacción y hasta el contenido son singularmente
pobres. Toda la clase ha obtenido apenas el mínimo para aprobar”.
"Excepto…" siguió el
maestro, "… Euscolo Mediáclito, el de Naxos, quien destacó en todo
sentido. En un estilo elegante, rivalizando con Homero y eclipsando a aedos y
rapsodas, presenta un argumento sólido, lógicamente impecable, y que sorprende
por la amplitud que abarca y la altura de miras. Él ha reprobado".
Las facciones de mi rostro se
deformaron sobre mi piel palidecida, mientras mis condiscípulos se reían de mí
por ser el único que había reprobado. “¿A quién tratas de impresionar,
Mediáclito?” prosiguió el filósofo. “¿A mí? ¿A tus pares? ¿A los dioses? ¿A ti
mismo?”
"Tu ansia por destacar es
una afrenta a la ley natural, pues afecta el delicado equilibrio de las cosas.
El dolor y el hibris nacen del ansia, que manchará tu espíritu hasta que
termine tu vida vacía. Vanamente llenada con bondad, belleza y verdad, pero
vacía al fin y al cabo."
"Recuerda siempre: el mínimo
es nota. El resto es lujo. Y en esta escuela somos muy austeros".
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