En el solsticio de invierno de
aquel año, se impuso en Porros una tradición proveniente de Mira, que consistía
en agasajar con regalos a familiares y amigos.
Yo estaba acomplejado por la
elección de obsequios, y pedí ayuda a Mediócrates el insulso.
"Maestro, tengo que darle
un obsequio a Mediómaco, pero no sé qué elegir".
"Lo que tienes que ver,
Mediáclito, es que los comerciantes de Mira te hacen creer que sólo puedes
mostrar tu estima por Mediómaco a través de un regalo”.
"Lo veo, sabio", le
dije. "Pero estoy atrapado en la prisión de la costumbre".
"Tu regalo siempre podrá
ser mejor o peor", me respondió. "El regalo ideal es mediocre, y se
encuentra entre lo imprescindible y lo superfluo, entre lo deseado y lo
aborrecido, y puede valer entre un óbolo y el tesoro de Creso".
Y siguió: “Pero la verdad es
esta: aunque te devanes los sesos eligiendo, serás tildado de tacaño,
despilfarrador, simplón o desubicado, y tu regalo generará decepción inmediata,
si es malo, o la incubará, si es bueno, pues siempre se esperará eso de ti”.
"El verdadero filósofo
anticipa esta verdad y hace un regalo mediocre, como un rollo de papel
higiénico extra suave o una caja de fósforos importados (los que pueden ser
fríamente despreciados o calurosamente agradecidos según las circunstancias), y
gasta ese dinero en ágapes, libaciones y hetairas. Tu propia felicidad es el
regalo más perdurable que puedes hacer a los demás", sentenció.
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