viernes, 7 de febrero de 2014

El regalo mediocre



En el solsticio de invierno de aquel año, se impuso en Porros una tradición proveniente de Mira, que consistía en agasajar con regalos a familiares y amigos.


Yo estaba acomplejado por la elección de obsequios, y pedí ayuda a Mediócrates el insulso.


"Maestro, tengo que darle un obsequio a Mediómaco, pero no sé qué elegir".


"Lo que tienes que ver, Mediáclito, es que los comerciantes de Mira te hacen creer que sólo puedes mostrar tu estima por Mediómaco a través de un regalo”.


"Lo veo, sabio", le dije. "Pero estoy atrapado en la prisión de la costumbre".


"Tu regalo siempre podrá ser mejor o peor", me respondió. "El regalo ideal es mediocre, y se encuentra entre lo imprescindible y lo superfluo, entre lo deseado y lo aborrecido, y puede valer entre un óbolo y el tesoro de Creso".


Y siguió: “Pero la verdad es esta: aunque te devanes los sesos eligiendo, serás tildado de tacaño, despilfarrador, simplón o desubicado, y tu regalo generará decepción inmediata, si es malo, o la incubará, si es bueno, pues siempre se esperará eso de ti”.


"El verdadero filósofo anticipa esta verdad y hace un regalo mediocre, como un rollo de papel higiénico extra suave o una caja de fósforos importados (los que pueden ser fríamente despreciados o calurosamente agradecidos según las circunstancias), y gasta ese dinero en ágapes, libaciones y hetairas. Tu propia felicidad es el regalo más perdurable que puedes hacer a los demás", sentenció.

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