En
su obra "Periplos", Mediáclito de Naxos relata que zarpó desde Rodas
con intención de llegar a Mira, en la región de Licia. En esa ciudad había historias sobre Nicolás Taumaturgo, quien era famoso por la prodigalidad de sus regalos, y fue a visitarle.
"Te saludo, buen hombre. ¿Qué es lo que haces?" inquirió el filósofo.
"Estoy
reuniendo dracmas para darle una dote a Amaltea, de modo que pueda
casarse y evitar que se prostituya", respondió el licio.
"¿Y para qué son estos hoplitas tallados en madera?" siguió Mediáclito.
"Son juguetes para el pequeño Milo".
"¿Y cómo eliges a quiénes obsequiar con tus dracmas y maravillas?"
"Difundo que daré mis regalos en el solsticio de invierno a quienes sean buenos, y así la ciudad se comporta bien".
"¿Y quién determina qué es lo bueno?"
Nicolás caviló un momento. "Es sabido lo que es bueno y lo que es malo. Puedo darme cuenta".
"¿Y
piensas que el juez de lo bueno y lo malo puede ser un hombre que
discrimina entre Amaltea y Eudoxia? Eudoxia también se comporta
correctamente, pero no tiene dote y deberá prostituirse. Milo tiene un
nuevo juguete, mientras Terón envidia su suerte, pues él también fue
bueno".
Nicolás no sabía qué decir.
"El
maestro Mediócrates diría que tu deseo de hacer el bien altera el
delicado equilibrio de las cosas," prosiguió Mediáclito, "y sólo
consigue crear envidia, desazón y la sensación de injusticia. Deja que
la mediocridad guíe tus actos, y la vida fluirá sin roces a tu
alrededor".
De esta manera, la tradición de hacer regalos en el solsticio de invierno se retrasó ocho siglos.
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