En su obra "Periplos", Mediáclito narra la siguiente conversación:
Durante mi estadía en la corte del tirano de Samos, éste se quejó de la
incompetencia de quienes administraban la polis. "Ellos son mi
representación frente al pueblo" dijo, "pero, aunque elijo a los
mejores, el resultado no es satisfactorio".
"Mediócrates el anodino dijo una vez", le respondí, "que todo, incluso
lo que se trata de hacer bien, tiende a la mediocridad. La mediocridad
es la cuna y la mortaja de todo esfuerzo humano".
"Pero no entiendo cómo lo óptimo deriva en lo mediocre" dijo el monarca.
"Cuando el empleado se desempeña bien, tú lo premias con mayor
jerarquía, que se acompaña de responsabilidad y riqueza. El empleado,
ahora jefe, seguirá trabajando con tesón, y después de un tiempo te
parecerá que su eficiencia debe ser aprovechada por una mayor parte de
la organización, por lo que decidirás ascenderlo a un nuevo puesto
directivo. Esta situación se repetirá hasta que el empleado no haga bien
su trabajo, momento en que cesará su ascenso en la organización".
"De este modo" proseguí, "la administración de la polis está en manos
de dos tipos de personas: aquellos que no ascienden porque son
mediocres, y aquellos que tú asciendes hasta que demuestran serlo".
"Entonces nadie más ascenderá en mis dominios" sentenció el líder.
"Hagas lo que hagas, el sistema tenderá a la mediocridad", le advertí.
"Es más deseable que, una vez encontrado el nivel de mediocridad
funcional, seas mediocre y lo mantengas. Toda otra aspiración es un
canto de sirenas".