viernes, 7 de marzo de 2014

El jabalí de Calidón



Para celebrar su victoria en los juegos olímpicos, el atleta, magnate y playboy Hiperandro de Esparta decidió viajar junto a un grupo de notables a la región de Etolia, y cazar en los alrededores de Calidón al mítico jabalí blanco, famoso en las leyendas.


Luego de dos semanas de infructuosa persecución, la partida de caza hubo de regresar con las manos vacías. Hiperandro, quien jamás había fallado ni perdido en su vida, sintió el golpe de la derrota como un insulto de los dioses, y erró por las ciudades griegas en busca de distancia y anonimato.


Sus viajes lo llevaron a la polis de Porros, donde oyó de la sabiduría de Mediócrates, el filósofo, y se acercó para consultarlo.


“Maestro,” le dijo, “tus ideas van en contra de todo lo que he creído y hecho durante toda mi vida, y las despreciaría completamente de no ser por este primer y único fracaso que pesa sobre mi buen nombre. Perseguí a la bestia sin descanso, primero a caballo, y luego, cuando se metió en densas selvas, a pie. Lo vi en la distancia, y por tres días lo seguí de cerca, dejando a todos mis compañeros exhaustos en su rastro. Pero, pese a mis esfuerzos, la bestia escapó. ¿Puedes explicarme por qué yo, el favorecido por Apolo, he fallado?”


“Oh, Hiperandro”, dijo el maestro, con el dulce sabor del sarcasmo en los labios, “en verdad eres la personificación de la areté, y tus hazañas recuerdan a Hércules. Tu fuerza, habilidad y carácter han superado los grandes desafíos que te has impuesto, pero estos dones no te han privado del amargo sabor que todos los hombres paladean alguna vez. Has fallado por tratar de ser perfecto, cuando debiste haber sido mediocre”.


La faz perfectamente simétrica de Hiperandro levantó asimétricamente una ceja, sin comprender.


“Creíste que tu grandeza era capaz de superarlo todo. Pero recuerda; a lo que realmente debes aspirar es a la mediocridad. El mal cazador persigue a su presa, pero el buen cazador la espera. La simpleza, pasividad y paciencia que desprecias te habrían otorgado el éxito buscado”.


Se dice que Hiperandro jamás volvió a Esparta, y que pasó el resto de sus días en Oriente, seduciendo mujeres feas.

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