Para celebrar su victoria en los
juegos olímpicos, el atleta, magnate y playboy Hiperandro de Esparta decidió viajar junto a un grupo de notables a
la región de Etolia, y cazar en los alrededores de Calidón al mítico jabalí
blanco, famoso en las leyendas.
Luego de dos semanas de infructuosa persecución, la
partida de caza hubo de regresar con las manos vacías. Hiperandro, quien jamás
había fallado ni perdido en su vida, sintió el golpe de la derrota como un
insulto de los dioses, y erró por las ciudades griegas en busca de distancia y
anonimato.
Sus viajes lo llevaron a la polis
de Porros, donde oyó de la sabiduría de Mediócrates, el filósofo, y se acercó
para consultarlo.
“Maestro,” le dijo, “tus ideas
van en contra de todo lo que he creído y hecho durante toda mi vida, y las despreciaría
completamente de no ser por este primer y único fracaso que pesa sobre mi buen
nombre. Perseguí a la bestia sin descanso, primero a caballo, y luego, cuando
se metió en densas selvas, a pie. Lo vi en la distancia, y por tres días lo
seguí de cerca, dejando a todos mis compañeros exhaustos en su rastro. Pero,
pese a mis esfuerzos, la bestia escapó. ¿Puedes explicarme por qué yo, el
favorecido por Apolo, he fallado?”
“Oh, Hiperandro”, dijo el
maestro, con el dulce sabor del sarcasmo en los labios, “en verdad eres la
personificación de la areté, y tus
hazañas recuerdan a Hércules. Tu fuerza, habilidad y carácter han superado los
grandes desafíos que te has impuesto, pero estos dones no te han privado del
amargo sabor que todos los hombres paladean alguna vez. Has fallado por tratar
de ser perfecto, cuando debiste haber sido mediocre”.
La faz perfectamente simétrica de
Hiperandro levantó asimétricamente una ceja, sin comprender.
“Creíste que tu grandeza era capaz
de superarlo todo. Pero recuerda; a lo que realmente debes aspirar es a la
mediocridad. El mal cazador persigue a
su presa, pero el buen cazador la espera. La simpleza, pasividad y
paciencia que desprecias te habrían otorgado el éxito buscado”.
Se dice que Hiperandro jamás
volvió a Esparta, y que pasó el resto de sus días en Oriente, seduciendo
mujeres feas.
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