sábado, 19 de marzo de 2016

El demagogo de Porros



Durante la juventud de Mediócrates, destacaba en la Asamblea de Porros un individuo llamado Diadáctilo, quien criticaba duramente la corrupción que asolaba la Asamblea, el Consejo, el comercio, y, bueno, todas las esferas de la vida en la polis. Este discurso era escuchado con simpatía por quienes sufrían los abusos de los poderosos, y Diadáctilo lo había enarbolado como su bandera de lucha. Famosamente había señalado que “cuando un pobre roba, es encadenado; cuando un rico roba, es elegido Consejero”.
Así fue como, luego de varias décadas en política, Diadáctilo fue finalmente elegido para presidir el Consejo. Los ciudadanos de Porros se alegraron, esperanzados por la promesa de poner coto a la corrupción rampante.
Diadáctilo se aseguró la lealtad de los votantes más pobres al ayudarlos usando el tesoro de la polis. Sus correligionarios reemplazaron a la vieja aristocracia en el poder. Los cambios que impulsó no fueron drásticos, lo que le permitió gobernar con relativa calma, y el aumento de la demanda de cáñamo y vino hizo que la economía de Porros floreciera durante su mandato. Varios lustros después, siendo ya anciano, y estando sus partidarios en control de la Asamblea, Diadáctilo entregó la jefatura del Consejo a su protegido político y se retiró de la vida pública.
Sin embargo, años más tarde las sospechas que muchos tenían sobre el enriquecimiento de Diadáctilo y sus partidarios comenzaron a confirmarse. Todos los bienes y servicios pagados por la polis habían sido adquiridos a elevados precios a miembros de su partido, lo que los había vuelto ricos y había financiado campañas políticas y coimas para asegurarse el control del gobierno. Era un escándalo, y algunos pedían la cabeza de Diadáctilo y sus allegados.
En esas circunstancias fue que Diadáctilo habló con Mediócrates. “Maestro,” le dijo, “la gente no entiende que hice lo necesario para favorecerlos. Todo lo he hecho por ellos”.
“Recapitulemos”, respondió el filósofo. “Construiste tu carrera política dando voz al malestar frente a los abusos de poder, luego obtuviste el poder gracias a eso, y después abusaste de ese poder. ¿Qué otra cosa debería entender la gente?”
“Gracias a mí están mejor. Hice lo necesario para mantenerme en una posición desde la cual hacer el bien”.
“Gracias a ti sintieron el fugaz placer de la venganza contra un mundo que no les ha sido benévolo, cuando llegaste al poder”, contestó Mediócrates, “pues te consideraban uno de ellos. Pero tus designios estaban condenados desde un principio al fracaso, pues justificaste tu actuar en la búsqueda del Bien”.
“¿Y qué hay de malo en ello?” inquirió Diadáctilo.
“Puedes elegir ser bueno o hacer el bien, pero no ambas. Si eliges hacer un mundo bueno, todo medio empleado para ese fin será justificable, y terminarás haciendo el mal para mantener la apariencia del bien. Si eliges ser bueno, se te reprochará no tener las agallas para hacer lo necesario para lograr el bien, lo que en un sentido también es malo. No puedes buscar el bien y obrar mal, ni obrar bien sin lograr el bien. Ambas alternativas terminan mostrando al mundo lo que eres: un ser mediocre”.
“Pero elegí el bien de la mayoría por sobre ser personalmente bueno. Eso debe compensar mis errores”.
“Tus fechorías, querrás decir” respondió el sabio. “No seas caradura. No las compensa; la gente está esperándote fuera de mi casa porque se siente traicionada”.
“¡Es todo un complot en mi contra!” alegó Diadáctilo. “¡Quieren quitarnos el gobierno e imponer la tiranía!”
“Puede que sí. Puede que no. En todo caso, no eres distinto de ellos: sólo están canalizando el descontento de la polis para lograr el poder, igual que tú. Lo que viene es responsabilidad tuya”.
“No me arrepiento de nada”, finalizó el demagogo.
“Eso es porque eres un sinvergüenza”, replicó Mediócrates. “Vete y encara tu destino”.

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