viernes, 14 de febrero de 2014

Los amores



Un día, mientras sacaba agua del pozo de Apateonas, conocí a Terpéfone Calósoma, la mujer más bella y dulce que habrá jamás. La amé al verla, y desde entonces fui siempre a buscar agua a mediodía, con la esperanza de encontrarla.

Mediócrates el ahíto no tardó en descubrirme gracias a su célebre perspicacia. Me acerqué a él y solicité su sabiduría respecto del amor.

“¿Amor? ¿De qué amor me hablas?”, preguntó el maestro.

“De aquél que nace en los sentidos pero se asienta en el corazón; de aquél que trastoca el mundo del amante y lo hace girar en torno a lo amado; de aquél que desea y sólo se satisface con la bienaventuranza y posesión de lo deseado”, respondí, de la manera más lírica que pude.

“Y aquél con el que, de paso, quieres fornicar, ¿no?” fue su seca respuesta.

No me esperaba una réplica tan desalmada, pero no tardé en darme cuenta de su verdad. “Sí, sabio”, respondí con franqueza.

“Una de las ideas más equivocadas es la creencia en el amor, pues confunde los conceptos de ágape, filia, eros y sicalipsis”, indicó. “Es mi certidumbre que el hombre, mediocre creatura cuya vida es apenas una momentánea intersección entre espíritu y materia, no es capaz de experimentar estos cuatro sentimientos juntos. Eso es para seres mejores, por lo que ambicionarlo es absurdo, y nos muestra, una vez más, que el deseo humano de alejarse de la mediocridad sólo trae dolor y decepción”.

Yo no sabía qué decir, pero el filósofo continuó. “Todo es un problema de expectativas. Si esperas tener en tu vida el amor que cantan los rapsodas, la frustración te rondará por siempre. Deja el ágape al sabio, la filia al amigo, el eros al amante y la sicalipsis al concupiscente, pues nada satisfará tu errado concepto del amor, a menos que renuncies a él. No malogres el amor que tienes en pos del amor que tu desbocada ambición quiere tener”.

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