miércoles, 12 de marzo de 2014

La debacle de Tespias


En su obra “Periplos”, Mediáclito de Naxos narra que, habiéndose detenido en Tespias un día durante su viaje a Orcómeno, se encontró con su amigo Mediofonte de Clazómenes, antiguo compañero de la escuela de Porros.

Mientras bebían cerveza en una taberna local, se les acercó Xenóteles, noble y político tespio.

"Filósofos," les dijo, "el bloque xenotista, que lidero yo, ha sido derrotado en las elecciones de la asamblea. Ahora todos mis aliados critican mi actuar y muchos han abandonado mi bando. ¿Puede vuestro conocimiento del hombre y la naturaleza ayudarme a superar esta situación?"

"Cuando el barco comienza a hacer agua, las primeras que escapan son las ratas, tanto si la culpa es del capitán como si no", comentó Mediofonte.

"Mediócrates el trivial dijo una vez que la naturaleza del político es mediocre", continuó Mediáclito. "Su razón de ser es mantenerse en el poder, no la excelencia ni el buen gobierno, y para ello sacrificará sus principios y amistades sin mayor asco. Esto es esperable; sólo muestra que es humano y, en cierto sentido, su mediocre sentido práctico es digno de encomio".

"Cuando este hombre fracasa, simplemente hace lo más humano y mediocre: echarle la culpa a los demás", prosiguió. "Como líder, siempre estarás expuesto a las críticas, y muchas veces estas serán correctas. Aprovecha la oportunidad de escucharlas, especialmente las de quienes no te abandonen, pues así reconocerás a tus verdaderos aliados".

"Pero la polis no obedecerá mis designios", dijo Xenóteles, desconsolado.

"El mejor argumento contra la democracia es una breve conversación con el votante promedio. Ya podrás embaucarlos de nuevo en el futuro", le respondieron.

El escape de Argos



En la polis de Argos fui acusado, junto a Jasón Erastes y Arquídamo Erómenos, de corromper a la juventud.

Tratamos de huir por mar de la ciudad, pero sólo había una barca a mal traer que zarpaba de inmediato. Jasón la abordó, temeroso de ser capturado, y naufragó minutos más tarde, por haber elegido aquella nave infame.

Arquídamo, viendo el destino de su compañero, consiguió pasaje en un majestuoso y veloz barco. Zarpó y, ese mismo día, piratas lo capturaron, por haber elegido aquella nave fastuosa.

Yo pensé qué haría el maestro Mediócrates en mi lugar, y elegí la nave mediocre, que me llevó lentamente a mi destino, sin hacer agua ni atraer piratas. Y gracias a esa nave mediocre escribo hoy estas palabras.

Nuevo Gran Maestro



Uno de los momentos más delicados de la historia de la filosofía ocurrió luego de la muerte de Mediófanes, sucesor de Mediócrates el anodino. Había que dirimir quién dirigiría la Escuela de Porros.

Mediofrasto el tartamudo era la elección lógica y aceptada, pero en esa época volvió a Porros, luego de sus extensos periplos, Mediáclito de Naxos, quien aspiraba vehementemente a liderar la escuela.

Los pórricos se reunieron a escuchar los argumentos de ambos candidatos. El primero en hablar fue Mediáclito:

"Condiscípulos míos, amigos todos. He viajado por el mundo conocido, enseñando el porrismo, y he aprendido en lejanas tierras y de venerables maestros muchas cosas. He escrito innumerables tratados de todos los tópicos, y se me ha declarado autoridad en filosofía en múltiples ciudades…"

Y así siguió por una hora.

Mediofrasto dijo que un discurso tan bueno demostraba que Mediáclito carecía de la mediocridad necesaria para dirigir la escuela en su lugar. Y así se convirtió en el tercer gran maestro de la Escuela de Porros.

La última lección



Ya en la vejez, el sabio Mediócrates reunió a sus discípulos y les dijo… de hecho, no les dijo nada; tomó su breviario y se largó a reposar. Aquélla fue su última, y posiblemente más profunda, enseñanza.

viernes, 7 de marzo de 2014

El jabalí de Calidón



Para celebrar su victoria en los juegos olímpicos, el atleta, magnate y playboy Hiperandro de Esparta decidió viajar junto a un grupo de notables a la región de Etolia, y cazar en los alrededores de Calidón al mítico jabalí blanco, famoso en las leyendas.


Luego de dos semanas de infructuosa persecución, la partida de caza hubo de regresar con las manos vacías. Hiperandro, quien jamás había fallado ni perdido en su vida, sintió el golpe de la derrota como un insulto de los dioses, y erró por las ciudades griegas en busca de distancia y anonimato.


Sus viajes lo llevaron a la polis de Porros, donde oyó de la sabiduría de Mediócrates, el filósofo, y se acercó para consultarlo.


“Maestro,” le dijo, “tus ideas van en contra de todo lo que he creído y hecho durante toda mi vida, y las despreciaría completamente de no ser por este primer y único fracaso que pesa sobre mi buen nombre. Perseguí a la bestia sin descanso, primero a caballo, y luego, cuando se metió en densas selvas, a pie. Lo vi en la distancia, y por tres días lo seguí de cerca, dejando a todos mis compañeros exhaustos en su rastro. Pero, pese a mis esfuerzos, la bestia escapó. ¿Puedes explicarme por qué yo, el favorecido por Apolo, he fallado?”


“Oh, Hiperandro”, dijo el maestro, con el dulce sabor del sarcasmo en los labios, “en verdad eres la personificación de la areté, y tus hazañas recuerdan a Hércules. Tu fuerza, habilidad y carácter han superado los grandes desafíos que te has impuesto, pero estos dones no te han privado del amargo sabor que todos los hombres paladean alguna vez. Has fallado por tratar de ser perfecto, cuando debiste haber sido mediocre”.


La faz perfectamente simétrica de Hiperandro levantó asimétricamente una ceja, sin comprender.


“Creíste que tu grandeza era capaz de superarlo todo. Pero recuerda; a lo que realmente debes aspirar es a la mediocridad. El mal cazador persigue a su presa, pero el buen cazador la espera. La simpleza, pasividad y paciencia que desprecias te habrían otorgado el éxito buscado”.


Se dice que Hiperandro jamás volvió a Esparta, y que pasó el resto de sus días en Oriente, seduciendo mujeres feas.